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LUIS CERNUDA BIDÓN




Nacido en Sevilla en 1902, es hijo de un comandante de ingenieros; su educación tuvo lugar en un ambiente rígido y religioso. Fue un niño tímido, marcado por sus aficiones literarias y el descubrimiento de su inclinación homosexual.

Estudió Derecho en su ciudad natal, carrera que no llegará a ejercer,  y tuvo por profesor a Salinas. En 1925 publica sus primeros poemas en Revista de Occidente. Tras un viaje a Málaga, se traslada a Madrid, donde entabla amistad con Aleixandre y otros poetas. Pedro Salinas le consigue un puesto de lector de español en la Universidad de Tolouse, donde permanece hasta 1929. Es éste un período de aproximación al surrealismo.

Vuelve a Madrid y se interesa por la política. Sus ideales eran conseguir una España culta, amante de la tradición, refinada y tolerante; para ello colabora en la Revista Octubre y participa en las Misiones pedagógicas.

Durante la guerra, apoya a la República. En 1937 participa en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas.

En febrero de 1938 es invitado a dar unas conferencias en Inglaterra. Y en este país permanecerá 8 años.

Tras la guerra no volverá nunca más a España. En la década de los cuarenta imparte lecciones de Lengua y Literatura españolas en Glasgow, Cambridge y Londres. Los años que pasó en Escocia fueron duros, pero muy fecundos.

En 1947 marcha a los Estados Unidos; en 1952 pasará a México, donde dará clases en la Universidad Autónoma, y donde se instalará, ya que era un país de su agrado y en donde se reafirma su imagen mítica del sur corno metáfora del paraíso.

En 1960 regresa a Estados Unidos, aunque los veranos los pasará en México, donde muere en 1963.

     Si de niño era solitario y observador, de mayor será huraño, retraído y de carácter difícil. Salinas dice de él:

“La afición suya, el aliño de su persona, el traje de buen corte, el pelo bien planchado, esos nudos de corbata perfectos, no son más que el deseo de ocultarse, muralla de tímido, burladero del toro malo de la atención pública”.

     Cernuda permaneció olvidado hasta la década de los sesenta, cuando reaparece como poeta-maestro para los poetas más jóvenes.



 

Obra poética

Sevillano como Bécquer, recuerda al autor de las Rimas en la delicada, impalpable sensibilidad, la contención expresiva alejada de toda retórica, la predilección por la «lírica de los nortes»: alemana e inglesa. La obra de Cernuda es, entre todas las de su tiempo, la que menos encaja en la tradición poética nacional comúnmente aceptada. En este sentido aporta original novedad al acervo español.

Poeta fatal, obligado por su «demonio» interior al cumplimiento de una vocación y a la fidelidad a sí mismo, Cernuda es un romántico de la estirpe de Keats o de Hülderlin. Rebelde y puro, expresa su desengaño del mundo, su desdén por la vida y la maldad humana, su desazón ante la eterna oposición entre «la realidad y el deseo», en un lenguaje de ajustada belleza, en un verso libre refrenado, abandonado al cansancio de la palabra, de apariencia descuidada, pero de honda per­fección interna en su sencillez.

Cernuda empieza bajo el influjo de Guillén, que abandona en seguida. Dos libros -Un río, un amor (1929) y Los placeres prohibidos (1931)- señalan su incorpora­ción al surrealismo, «corriente espiritual en la juventud de una época ante la cual -escribe el autor- yo no pude, ni quise, permanecer indiferente». Invocacio­nes a las gracias del mundo (1934-35) representa el descubrimiento, a través de Hólderlin, de Grecia y del pa­ganismo. En los libros escritos en el destierro, Cernuda toca en ocasiones -Lázaro, La visita de Dios, etc.— temas cristianos y religiosos.

     Pasión y reflexión se equilibran y funden en esta poesía de fuego envasado en una forma nítida y fría; poesía de la que cabría decir, con un verso del autor, que está hecha de «miembros de mármol con sabor de estío». El retraimiento del hombre y las cualidades, tan raras entre nosotros de su poesía -pensamiento, aristocratismo espiritual, desprecio de la elocuencia- han contribuido a que Cernuda, aunque muy admirado por ciertos lectores, no goce unánimemente del puesto privilegiado que en justicia le corresponde.

La obra de Cernuda tiene una gran unidad y establece una estrecha relación con los avatares de su vida. Toda su obra es una proyección del hombre al que ama, siente, contempla o desprecia.

No emplea la primera persona, aunque hable en nombre propio; se cree que lo hacía por pudor, más por esconder su intimidad. Su producción es de tipo romántico y el tema más usual es el de la lucha entre sus anhelos y las dificultades reales para llevarlos a cabo, de ahí que Gaos lo considere como un romántico al estilo de Keats o de Hölderlin.

Su obra se agrupa bajo el nombre de La realidad y el deseo, que siempre están en desacuerdo; don Ventura, personaje de la única obra teatral que escribió, La familia interrumpida, dice:

“Todos los sueños son irrealizables en este mundo. Por modestos que sean, la realidad los aventa como lo que son: humo, menos que humo”.

Siempre contrapone al yo poético el mundo que le rodea, la libertad y naturalidad frente a al hipocresía social. Su personalidad sensible y diferente a los demás y las dificultades que tuvo para adaptarse a los sitios donde vivió le marcaron fuertemente.

En la Antología de Gerardo Diego declara:

“No sé nada, no quiero nada, no espero nada. Y si aún pudiera esperar algo, sólo sería morir allí donde no hubiese penetrado aún esta grotesca civilización que envanece a los hombres”.

     El deseo siempre es el mismo, mientras que la realidad es variable, por eso intenta explorarla, desvelar su sentido profundo y actuar en consecuencia. Eso hace que parta de experiencias propias, de las que va eliminando lo anecdótico para que sean más universales.

Pero la contraposición entre la realidad y el deseo le lleva a los temas siguientes: la imposibilidad de seguir a la imaginación, añoranza de un mundo que se pueda habitar, la soledad, la angustia ante el paso del tiempo, el deseo de inmovilizar y eternizar lo pasajero, el deseo de alcanzar la belleza absoluta, la sensación de fracaso al que está destinado todo amor. Frente a la necesidad de eternizarse, aparece el castigo de pertenecer a un tiempo determinado y efímero, lo que hace que su poesía adquiera un matiz elegíaco.

Piensa Cernuda que, mediante el amor puede llegar a la comunicación. Para llegar a una fusión con el otro, con el mundo, piensa que se debe empezar por el sexo, “de ahí al corazón y luego a la mente”. El amante busca una relación erótica, física, que no le satisface, por que él anhela una posesión absoluta, eterna; y esto no es así debido al egoísmo del ser amado, habitualmente adolescentes incapaces de dar una satisfacción plena.

  •        Perfil del aire es su primer libro, publicado en Litoral, Málaga, en 1927. La critica no lo recibió bien, lo que hizo que Cernuda fuera reticente a publicar los libros siguientes.

Algunos consideran que se parecían sus poesías a las de Salinas y Guillén; la frustración que esto le produjo hizo que Cernuda reelaborara todo el libro, dándole un título nuevo, Primeras Poesías, en la edición de La Realidad y el deseo de 1936. El tono del libro es elegíaco.

  •        Égloga, elegía, oda, de 1927-28, se acerca a los metros clásicos, más cercanos a Garcilaso y a Fray Luis que a Góngora. Aparece un Cernuda melancólico que aspira a un mundo ideal inalcanzable.

  •      Un río, un amor, de 1929, se acerca al surrealismo; se muestra desolado ante los desengaños personales, evoca un tiempo pasado y marchito, y se rebela contra las injusticias sociales que niegan el amor; la única verdad que defiende es la muerte.

El lenguaje es desgarrado y sarcástico, si bien las imágenes son menos audaces que las de Lorca, Alberti y Aleixandre. Bien podemos considerar este libro como el fundamental en la medida en que abre lo mejor de su producción y es en donde se observa un cambio sustancial con respecto a lo anterior. Si antes el poeta está alejado del poema, ahora el poeta es coetáneo de las emociones que expresa y esto le lleva a un cambio tanto existencial como formal.

  •        En los Placeres prohibidos, de 1931, defiende la experiencia amorosa libre, aunque provoque vacío y soledad. Cernuda se enfrenta, al escoger el amor prohibido, al mundo.

  •        Donde habite el olvido lo escribe entre 1932-33 y lo publica en 1934. El título procede de la Rima LXVI de Bécquer; es el libro más intimista del poeta. Escrito tras un desengaño, el amor aparece como una experiencia amarga, pues cuando desaparece no queda nada “la memoria de un olvido”; el tema clave del libro es el olvido, que reduce la contradicción de la realidad y el deseo.

  •       Invocaciones a las gracias del mundo, escrito en 1934-35, vuelve al tema de la soledad, el destino del artista y la exaltación de la belleza y la libertad.

   Rompe con la rima y los ritmos marcados, incorpora los encabalgamientos y el versículo, adopta un lenguaje más directo y coloquial. A pesar de parecer el verso desaliñado, hay detrás una enorme elaboración, por medio de un lenguaje denso y depurado. A todo esto contribuyó su conocimiento de los poetas ingleses y alemanes.

Todos estos libros que hemos comentado hasta ahora, los reúne en un volumen bajo el título de La realidad y el deseo, en 1936.

Poesía del Exilio

Todo lo que sigue se irá incorporando a las distintas ediciones de La realidad y el deseo. En la segunda edición de 1940, incluye:

  •   Las nubes, de 1937-40, libro empezado en España y que termina en Inglaterra. En él se muestra una poesía meditada, más objetiva. Son reflexiones éticas sobre la nueva realidad; se puede entrever una inquietud religiosa, aunque, a veces, sea desesperanzada. Emplea formas métricas más regulares.

  En la tercera edición de La realidad y el deseo incorpora:

  •   Como quien espera el alba, del año 1941- 44, que publicará independientemente en 1947.

En él defiende la España creadora frente a la intolerante e injusta; y se acerca a los seres desplazados, como él, que mostraron su desacuerdo.

Su poesía se vera encuadrada por citas y ecos ajenos.

  • Vivir sin estar viviendo es de 1944-49; Con las horas contadas, 1950-56, cuenta experiencias personales teñidas de amargura, porque descubre que la vida se desvanece.

  • El último libro es Desolación de la quimera, de 1962, y pasará, junto los anteriores, a constituir la cuarta edición (póstuma) de La realidad y el deseo, de 1964.

Desolación de la quimera debe el título a un verso de Elliott; es una de tas obras que más influjo ha tenido en los poetas posteriores. Todo el libro está marcado por la idea de la despedida, que le da carácter de conclusión y testamento.

Cernuda, además, escribió dos libros en prosa: Ocnos, empezado en 1940, con una primera edición en 1942, y que termina en 1963, y Variaciones sobre tema mejicano, de 1952. También es autor de Tres narraciones (1948)

Escribe ensayos de Literatura y una obra de teatro, La familia Interrumpida, de finales de los treinta y publicada en 1985.  Así mismo fue traductor de  Poemas de Hölderlin (1942) y de  Troilo y Crésida de Shakespeare (1953).

Como crítico ha mostrado personalidad y agudeza en Estudios sobre poesía española contemporánea (1957), Pensamiento poético en la lírica inglesa (Siglo XIX) (1958), Poesía y Literatura, I y II (1960, 1964) y Crítica, ensayos y evocaciones (1970).


 

POEMAS DE LUIS CERNUDA

Ninguna nube inútil,

Ni la fuga de un pájaro,

Estremece tu ardiente

resplandor azulado.

 

Así sobre la tierra

Cantas y ríes, cielo,

Como un impetuoso

Y sagrado aleteo.

 

Desbordando en el aire

Tantas al universo calma.

Árboles a la orilla

Soñolienta del agua...

 

Sobre la tierra estoy;

Déjame estar. Sonrío

A todo el orbe; extraño

No le soy porque vivo.


No decía palabras.

No decía palabras,

Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,

Porque ignoraba que el deseo es una pregunta

Cuya respuesta no existe,

Una hoja cuya rama no existe,

Un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,

Remonta por las venas

Hasta abrirse en la piel,

Surtidores de sueño

Hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,

Una mirada fugaz entre las sombras,

Bastan para que el cuerpo se abra en dos,

Ávido de recibir en sí mismo

Otro cuerpo que sueñe;

Mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne;

Iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza,

Porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.


Yo fui.

 

Columna ardiente, luna de primavera.

Mar dorado, ojos grandes.

Busqué lo que pensaba;

Pense´, como el amanecer en sueño lánguido,

Lo que ponta el deseo en días adolescentes.

 

Canté, subí,

Fui luz un día

Arrastrado en la llama.

 

Como un golpe de viento

Que deshace la sombra,

Caí en lo negro,

En el mundo insaciable.

 

He sido.





Himno a la tristeza

Fortalecido estoy contra tu pecho 

De augusta piedra fría,

Bajo tus ojos crepusculares,

Oh madre inmortal.

Desengañada alienta en ti mi vida,

Oyendo en el pausado retiro nocturno

Ligeramente resbalar las pisadas

De los días juveniles, que se alejan

Apacibles y graves, en la mirada,

Con una misma luz, compasión y reproche;

Y van tras ellos como irisado humo

Los sueños creados con mi pensamiento,

Los hijos del anhelo y la esperanza.

 

La soledad poblé de seres a mi imagen

Como un dios aburrido;

Los amé si eran bellos,

Mi compañía les di cuando me amaron,

Y ahora como ese mismo dios aislado estoy,

Inerme y blanco tal una flor cortada.

Olvidándome voy en este vago cuerpo,

Nutrido por las hierbas leves

Y las brillantes frutas de la tierra,

El pan y el vino alados,

En mi nocturno lecho a solas.

 

Hijo de tu leche sagrada,

El esbelto mancebo

Hiende con pie inconsciente

La escarpada colina,

Salvando con la mirada en ti

El laurel frágil y la espina insidiosa.

 

Al amante aligeras las atónitas horas

De su soledad, cuando en desierta estancia

La ventana, sobre apacible naturaleza,

Bajo una luz lejana,

Ante sus ojos nebulosos traza

Con renovado encanto verdeante

La estampa inconsciente de su dicha perdida.

 

Tú nos devuelves vírgenes las horas

Del pasado, fuertes bajo el hechizo

De tu mirada inmensa,

Como guerrero intacto

En su fuerza desnudo tras de broquel broncíneo,

Serenos vamos bajo los blancos arcos del futuro.

 

Ellos, los dioses, alguna vez olvidan

El tosco hilo de nuestros trabajados días,

Pero tú, celeste donadora recóndita,

Nunca los ojos quitas de tus hijos

Los hombres, por el mal hostigados.

 

Viven y mueren a solas los poetas,

Restituyendo en claras lágrimas

La polvorienta agua salobre,

Y en alta gloria resplandeciente

La esquiva ojeada del magnate henchido,

Mientras sus nombres suenan

con el viento en las rocas,

Entre el hosco rumor de torrentes oscuros,

Allá por los espacios donde el hombre

Nunca puso sus plantas.

 

¿Quién sino tú cuida sus vidas, les da fuerzas

Para alzar la mirada entre tanta miseria,

En la hermosura perdidos ciegamente?

¿Quién sino tú, amante y madre eterna?

 

Escucha cómo avanzan las generaciones

Sobre esta remota tierra misteriosa;

Marchan los hombres hostigados

Bajo la yerta sombra de los antepasados,

Y el cuerpo fatigado se reclina

Sobre la misma huella tibia

De otra carne precipitada en el olvido.

 

Luchamos por fijar nuestro anhelo,

Como si hubiera alguien más fuerte que nosotros,

Que tuviera en memoria nuestro olvido;

Porque dulce será anegarse

En un abrazo inmenso,

Vueltos niebla con luz, agua en la tormenta;

Grato ha de ser aniquilarse,

Marchitas en los labios las delirantes voces.

Pero aún hay algo en ml que te reclama

Conmigo hacia los parques de la muerte

Para acallar el miedo ante la sombra.

 

¿Dónde floreces tú, como vaga corola

Henchida del piadoso aroma que te alienta

En las nupcias terrenas con los hombres?

No eres hiel ni eres pena, sino amor de justicia imposible

 

Tú, la compasión humana de los dioses.



La visita de Dios

Pasada se halla ahora la mitad de mi vida.

El cuerpo sigue en pie y las voces aún giran

Y resuenan con encanto marchito en mis oídos,

Mas los días esbeltos ya se marcharon lejos;

Sólo recuerdos pálidos de su amor me han dejado.

Como el labrador al ver su trabajo perdido

Vuelve al cielo los ojos esperando la lluvia,

También quiero esperar en esta hora confusa

Unas lágrimas que aviven mi cosecha.

 

Pero hondamente fijo queda el desaliento,

Como huésped oscuro de mis sueños.

¿Puedo esperar acaso? Todo se ha dado al hombre

Tal distracción efímera de la existencia;

A nada puede unir esta ansia suya que reclama

Una pausa de amor entre la fuga de las cosas.

Vano sería dolerse del trabajo, la casa, los amigos perdidos

En aquel gran negocio demoníaco de la guerra.

 

Estoy en la ciudad alzada para su orgullo por el rico,

Adonde la miseria oculta canta por las esquinas

O expone dibujos que me arrasan de lágrimas los ojos.

Y mordiendo mis puños con tristeza impotente

Aún cuento mentalmente mis monedas escasas

Porque un trozo de pan aquí y unos vestidos

Suponen un esfuerzo mayor para lograrlos

Que el de los viejos héroes cuando vencían

Monstruos, rompiendo encantos con su lanza.

 

La revolución renace siempre, como un fénix

Llameante en el pecho de los desdichados.

Esto lo sabe el charlatán bajo los árboles

De las plazas, y su baba argentina, su cascabel sonoro.

Silbando entre las hojas, encanta al pueblo

Robusto y engañado con maligna elocuencia,

Y canciones de sangre acunan su miseria.

 

Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren

Hombres callados a quienes falta el ocio

Para arrojar al cielo su tormento. Mas no puedo

Copiar su enérgico silencio, que me alivia

Este consuelo de la voz, sin tierra y sin amigo,

En la profunda soledad de quien no tiene

Ya nada entre sus brazos, sino el aire en torno,

Lo mismo que un navío al alejarse sobre el mar.

 

¿Adónde han ido las viejas compañeras del hombre?

Mis zurcidoras de proyectos, mis tejedoras de esperanzas

Han muerto. Sus agujas y maderas reposan

Con polvo en un rincón, sin la melodía del trabajo.

Como una sombra aislada al filo de los días,

Voy repitiendo gestos y palabras mientras lejos escucho

El inmenso bostezo de los siglos pasados.

 

El tiempo, ese blanco desierto ilimitado,

Esa nada creadora, amenaza a los hombres

Y con luz inmortal se abre ante los deseos juveniles.

Unos quieren asir locamente su mágico reflejo,

Mas otros le conjuran con un hijo

Ofrecido en los brazos como víctima,

Porque de nueva vida se mantiene su vida

Como el agua del agua llorada por los hombres.

 

Pero a ti, Dios, ¿con qué te aplacaremos?

Mi sed eras tú, tú fuiste mi amor perdido,

Mi casa rota, mi vida trabajada, y la casa y la vida

De tantos hombres como yo a la deriva

En el naufragio de un país. Levantados de naipes,

Uno tras otro iban cayendo mis pobres paraísos.

¿Movió tu mano el aire que fuera derribándolos

Y tras ellos, en el profundo abatimiento, en el hondo vacío,

Se alza al fin ante mí la nube que oculta tu presencia?

No golpees airado mi cuerpo con tu rayo;

Si el amor no eras tú, ¿quien lo será en tu mundo?

Compadécete al fin, escucha este murmullo

Que ascendiendo llega como una ola

Al pie de tu divina indiferencia.

Mrta las tristes piedras que llevamos

Ya sobre nuestros hombros para enterrar tus dones;

La hermosura, la verdad, la justicia, cuyo afán imposible

Tú solo eras capaz de infundir en nosotros.

Si ellas murieran hoy, de la memoria tú te borrarías

Como un sueño remoto de los hombres que fueron.


 


Noche del Hombre y su Demonio.

D:   Vive la madrugada. Cobra tu señorío.

Percibe la existencia en dolor puro.

Ahora el alma es oscura, y los ojos no hallan

Sino tiniebla en torno. Es ésta la hora cierta

Para hablar de la vida, la vida tan amada.

Si al Dios de quien es obra le reprochas

Que te la diera limitada en muerte,

Su don en sueños no malgastes. Hombre, despierta.

 

H:    Entre los brazos de mi sueño estaba

Aprendiendo a morir. ¿Por qué me acuerdas?

¿Te inspira acaso envidia el sueño humano?

Amo más que la vida este sosiego a solas,

Y tú me arrancas de él, para volverme

Al carnaval de sombras, por el cual te deslizas

Con ademán profético y paso insinuante

Tal ministro en desgracia. No quiero verte. Déjame.

 

D:   No sólo forja el hombre a imagen propia

Su Dios, aún más se le asemeja su demonio.

Acaso mi apariencia no concierte

Con mi poder latente: aprendo hipocresía,

Envejezco además, y ya desmaya el tiempo

El huracán sulfúreo de las alas

En el cuerpo del ángel que fui un día.

En mí tienes espejo. Hoy no puedo volverte

La juventud huraña que de ti ha desertado.

 

H:    En la hora feliz del hombre, cuando olvida,

 Aguzas mi conciencia, mi tormento;

 Como enjambre irritado los recuerdos atraes;

 Con sarcasmo mundano suspendes todo acto,

 Dejándolo incompleto, nulo para la historia,

 Y luego, comparando cuánto valen

 Ante un chopo con sol en primavera

 Los sueños del poeta, susurras cómo el sueño

 Es de esta realidad la sombra inútil.

 

D:   Tu inteligencia se abre entre el engaño:

Es como flor a un viejo regalada,

Y a poco que la muerte se demore,

Ella será clarividente un día.

Mas si el tiempo destruye la sustancia,

Que aquilate la esencia ya no importa.

Ha sido la palabra tu enemigo:

Por ella de estar vivo te olvidaste.

 

H:   Hoy me reprochas el culto a la palabra.

     ¿Quién si no tú puso en mí esa locura?

      El amargo placer de transformar el gesto

      En són, sustituyendo el verbo al acto,

      Ha sido afán constante de mi vida.

Y mi voz no escuchada, o apenas escuchada,

Ha de sonar aún cuando yo muera,

Sola, como el viento en los juncos sobre el agua.

 

D:   Nadie escucha una voz, tú bien lo sabes.

¿Quién escuchó jamás la voz ajena

Si es pura y está sola? El histrión elocuente,

El hierofante vano miran crecer el corro

Propicio a la mentira. Ellos viven, prosperan:

Tú vegetas sin nadie. El mañana ¿qué importa?

Cuando a ellos les olvide el destino, y te recuerde,

Un hombre tú serás, un són, un aire.

 

H:    Me hieres en el centro más profundo,

 Pues conoces que el hombre no tolera

 Estar vivo sin más: como en un juego trágico

 Necesita apostar su vida en algo,

 Algo de que alza un ídolo, aunque con barro sea,

 Y antes que confesar su engaño, quiere muerte.

 Mi engaño era inocente, y a nadie arruinaba

 Excepto a mí, aunque a veces yo mismo lo veía.

 

D:   Siento esta noche nostalgia de otras vidas.

Quisiera ser el hombre común de alma letárgica

Que extrae de la moneda beneficio,

Deja semilla en la mujer legítima,

Sumisión cosechando con la prole,

Por pública opinión ordena su conciencia

Y espera en Dios, pues frecuentó su templo.

 

H:   ¿Por qué de me haces burla duramente?

Si pierde su sabor la sal del mundo

Nada podrá volvérselo, y tú no existirías

Si yo fuese otro hombre más feliz acaso,

Bien que no es la cuestión el ser dichoso.

Amo el sabor amargo y puro de la vida,

Ese sentir por otros la conciencia

Aletargada en ellos, con su remordimiento,

Y aceptar los pecados que ellos mismos rechazan.

 

                                               D:    Pobre asceta irrisorio, confiesa cuánto halago

                                                                 Ofrecen el poder y la fortuna:

                                                       Alas. para cernerse al sol, negar la zona

                                                        En sombra de la vida, gratificar deseos,

                                                         Con dúctil amistad verse fortalecido,

                                                    Comprarlo todo, ya que todo está en venta,

                                                          Y contemplando la miseria extraña

                                                 Hacer más delicado el placer propio.

 

                                              H:    Dos veces no se nace, amigo. Vivo al gusto

                                                     de Dios. ¿Quién evadió jamás a su destino?

                                                      El mío fue explorar esta extraña comarca,

                                                         Contigo siempre a zaga, subrayando

                                                      Con tu sarcasmo mi dolor. Ahora silencio,

Peregrino.
¿Volver? Vuelva el que tenga,
Tras largos años, tras un largo viaje,
Cansancio del camino y la codicia.

De su tierra, su casa, sus amigos,

Del amor que al regreso fiel le espere.

Más, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,

Sino seguir libre adelante,

Disponible por siempre, mozo o viejo,

Sin hijo que te busque, como a Ulises,

Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope

Sigue, sigue adelante y no regreses,

Fiel hasta el fin del camino y tu vida,

No eches de menos un destino más fácil,

Tus pies sobre la tierra antes no hollada,

Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

 

 

                                                     Por si alguno pretende que me quejo: es más

                                                           Sentirse vivo en medio de la angustia

                                                      Que ignorar con los grandes de este mundo,

                                                      Cerrados en su limbo tras las puertas de oro.

 

                                              D:    Después de todo, ¿quién dice que no sea

                                                      Tu Dios, no tu demonio, el que te habla?

                                                            Amigo ya no tienes si no es éste

                                                   Que te incita y despierta, padeciendo contigo.

                                                          Mas mira cómo el alba a la ventana

                                                         Te convoca a vivir sin ganas otro día.

                                                      Pues el mundo no aprueba al desdichado,

                                                  Recuerda la sonrisa y, como aquel que aguarda,

                                                        Alzate y ve, aunque aquí nada esperes.

 

Góngora

El andaluz envejecido que tiene gran razón para su

   orgullo,

El poeta cuya palabra lúcida es como diamante,

Harto de fatigar sus esperanzas por la corte,

Harto de su pobreza noble que le obliga

A no salir de casa cuando el día, sino al atardecer, ya

   que las sombras,

Más generosas que los hombres, disimulan

En la común tiniebla parda de las calles

La bayeta caduca de su coche y el tafetán delgado de

   su traje;

Harto de pretender favores de magnates,

Su altivez humillada por el ruego insistente,

Harto de los años tan largos malgastados

En perseguir fortuna lejos de Córdoba la llana y de su

   muro excelso,

 

Vuelve al rincón nativo para morir tranquilo y silen-

   cioso.

Ya restituye el alma a soledad sin esperar de nadie

Si no es de su conciencia, y menos todavía

De aquel sol invernal de la grandeza

Que no atempera el frío del desdichado.

Y aprende a desearles buen viaje

A príncipes, virreyes, duques altisonantes,

Vulgo luciente no menos estúpido que el otro;

Ya se resigna a ver pasar la vida tal sueño inconsciente

Que el alba desvanece, a amar el rincón solo

Adonde conllevar paciente su pobreza,

Olvidando que tantos menos dignos que él, como la

   bestia ávida

Toman hasta saciarse la parte mejor de toda cosa,

Dejándole la amarga, el desengaño del paria.

 

Pero en la poesía encontró siempre, no tan sólo her-

mosura, sino ánimo,

La fuerza del vivir más libre y más soberbio,

Como un neblí que deja el puño duro para buscar la nubes

Traslúcidas de oro allá en el cielo alto.

Ahora el reducto último de su casa y su huerto le al-

   canzan todavía

Las piedras de los otros, salpicaduras tristes

Del aguachirle caro para las gentes

Que forman el común y como público son árbitro de

   gloria.

Ni aun esto Dios le perdonó en la hora de su muerte

Decretado es al fin que Góngora jamás fuera poeta,

Que amó lo oscuro y vanidad tan sólo le dictó su

   versos.

Menendez y Pelayo, el montañés henchido por sus

   dogmas

No gustó de él y le condena con fallo inapelable.

 

Viva pues Góngora, puesto que así los otros

Con desdén le ignoraron, menosprecio

Tras del cual aparece su palabra encendida

Como estrella perdida en lo hondo de la noche,

Como metal insomne en las entrañas de la tierra.

Ventaja grande es que esté ya muerto

Y que de muerto cumpla los tres siglos, que así

   pueden

Los descendientes mismos de quienes le insultaban

Inclinarse a su nombre, dar premio al erudito,

Sucesor del gusano, royendo su memoria.

Mas él no transigió en la vida ni en la muerte

Y a salvo puso su alma irreductible

Como demonio arisco que ríe entre negruras.

 

Gracias demos a Dios por la paz de Góngora vencido;

Gracias demos a Dios por la paz de Góngora exaltado;

Gracias demos a Dios que supo devolverle (como hará

   con nosotros),

Nulo al fin, ya tranquilo, entre su nada.

 

 

 








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