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Un retrato por Boris Izaguirre Cervantes, perdido en el convento El fotógrafo que desnuda a los escritores






SOMBRAS A MILLÁS

 

Un retrato por Boris Izaguirre

Boris Izaguirre 13/01/2008
Han sido pareja de premio durante la gira de promoción de sus obras. Juan José Millás, ganador del Planeta 2007 con ‘El mundo’, y Boris Izaguirre, finalista con ‘Villa Diamante’, han compartido firmas, confidencias y ‘sombras’. Éste es el resultado.

Al Premio Planeta lo rodean sombras, leyendas urbanas y todo tipo de envidias. Se dice que está apalabrado, al estilo de las designaciones de candidatos presidenciables. Que un ejército de editores colabora con sus ganadores. Y, lo más aterrador, que genera parejas de hecho que normalmente terminan enfrentadas al final de la gira nacional de treinta días que acompaña el premio.

Como finalista de la edición de este año, no pienso aclarar ni desmitificar ninguna de estas leyendas. Y aunque el ganador, Juan José Millás, sea archiconocido por los brillantes proyectos sombra que publicó en esta revista –reportajes en los que el escritor se convertía en la sombra de una persona durante un periodo de tiempo–, mi andadura junto a él por un país preelectoral, dividido y pletórico en su nuevo riquismo, ha arrojado más luz y gozo que ninguno de los otros matrimonios planetarios, sin duda. Sólo que, una vez concluida la travesía, Millás sigue siendo el mismo misterio, ingenuo y sabio al mismo tiempo; un escritor que gana el premio mas mediático de la lengua española y lo comparte con una vedette.

Conocí a Juan José Millás en una carretera, al principio del año 2000. Íbamos a un bolo de La ventana. Así llamamos a las emisiones en directo del programa radiofónico del que ambos somos colaboradores. Tocaba Teruel, ese lugar que muchas veces no existe, y viajábamos en un coche alquilado a través de carreteras con paisaje lunar. Íbamos en silencio hasta que el chófer decidió parar en uno de esos restaurantes herederos de El planeta de los simios. Entramos, y Millás los comparó con un western posnuclear, y yo sonreí ante la metáfora al tiempo que me reconocía cohibido. Los escritores, cuando viajan juntos, prefieren el silencio porque en realidad están pensando en una frase mortal, perfecta, que sintetice su pensamiento y genialidad.

Uno de esos camareros atrapados en el tiempo miró en mi dirección y musitó dos palabras: Crónicas marcianas. Y lo que había sido un paraje desolador se pobló de personas, señoras con acentos aragoneses, valencianos, andaluces y hasta canarios; sombreros, alguna ruana de color y servilletas de papel acompañadas de bolígrafos. Millás observaba más que atónito, sublimado por esa inesperada agitación. Y, en el deseo de construir otra metáfora sintetizadora, espeté:

–Juanjo, la fama es… vulgar.

Una secreta admiración ha crecido en mí desde entonces hasta la noche del fallo del Planeta. Avancé en la cavernosa sala repleta de ojos hasta divisar a Millás en una mesa claramente ganadora. Fui a abrazarle y de inmediato recibí la embriaguez de su colonia, envolvente, paternal. Cuando se alejó para verme la cara, los dos sabíamos quiénes seríamos a partir de esa noche, pero yo quise ver más y vi a un caballero meticulosamente vestido. La camisa de rayas oscuras perfectamente planchada, ningún pelo fuera de sitio en su rostro, los ojos taladrantes pero jamás torturadores. Y el silencio, su mejor abrigo.

Al día siguiente, los dos nos enfrentábamos a los medios de comunicación. Y a la sensación de, en sus palabras, “ser un marciano para el otro”. Ésa parecía ser una clave perfecta para lo que se avecinaba. De nuevo, la pulcritud de su aspecto resultaba fascinante. ¿Cómo conseguía que sus camisas estuvieran tan bien planchadas en un viaje? “Me gusta tomarme las cosas con mucha tranquilidad. Me despierto siempre muy temprano. Escribo de madrugada, cuando todo está quieto y puedo trabajar solo. Escribo hasta las ocho, cuando se despierta el resto de mi casa; entonces leo la prensa y hago vida familiar. Y regreso, casi siempre a corregir, hasta el mediodía. Camino una hora todos los días, por un parque cerca de mi casa. Me gusta el cambio de las estaciones. Soy metódico”. Esa última palabra se convierte en un mantra. Y siembra otras claves para el resto de la gira. “No vamos a ser escritores que se avergüenzan de su éxito y de ganar un premio como éste, quejándose de una gira interminable, de viajar en primera y a buenos hoteles y de cenar siempre bien. No, vamos a disfrutarlo. No seremos quejicas del éxito”, me atrevo a decir, sentado a su lado. “Somos Batman y Robin”. La fiesta acaba de empezar.

La primera parada de la gira es Santiago de Compostela y llego tarde al aeropuerto. El avión despega desde la pista satélite de la interminable T-4 de Barajas. Llevo líquidos en mi equipaje y me arriesgo a perderlos. Milagrosamente, consigo subir a bordo. Y Millás ya está sentado, nada de sudor, una nueva camisa impecablemente planchada, su abrigo de cuero negro colgado por un azafato feliz. “Apuras demasiado el tiempo”, dice, “¿sales ganando?”. No tengo respuesta, le veo como ese profesor universitario que te enfrenta contigo mismo y te hace ver que llevas demasiados accesorios, peso innecesarios.

Hablamos del proceso de escribir. “Corregir es lo más difícil”, explica. “Lo he contado muchas veces, pero una vez me devolvieron un artículo porque era muy largo. Empecé a quitar cosas y me gustaba el resultado. Al final lo quité todo, lo escribí más corto y quedó perfecto. Eso te lo da el periodismo, sin duda. Un artículo obligatoriamente ha de ser exacto, ni una palabra más ni una menos. Un concepto claro”. El azafato se emociona de vernos y se abraza a mí con una efusividad que divierte a Millás. “La prueba de que este país ha cambiado”, dice, “es estar junto a un hombre que habla repetidamente de su marido y todos lo asumimos como si siempre hubiera sido así”.

Durante el viaje, volvemos a nuestros temas comunes. Sarkozy es uno de ellos. “Mi teoría es que es bipolar y vive todo como si fuera un subidón. Los bipolares”, explica Millás, “evaden continuamente el bajón. Si te fijas en las acciones de este hombre, todo es dinámico, grandioso. Rescata azafatas en África, se divorcia, se marcha a Eurodisney con Carla Bruni, lucha por liberar a Ingrid Betancourt. Se comporta como un superhéroe, para evitar enfrentarse a ese instante en que no pueda sostener estar arriba”. Otro tema recurrente es mi fascinación por los ricos. Están desprotegidos, no tienen amigos verdaderos, le explico. Millás mira el paisaje gallego y dice: “Ahora, discúlpame, voy a dar una cabezadita”.

En Santiago salimos a pasear por sus calles vacías la noche de un domingo de noviembre. “Los domingos, sea donde sea, son terribles y tristes”, sentencia. Yo viví en Santiago apenas llegué a España, conocí en estas calles a mi marido y dejé la ciudad, como a Caracas, con un regusto de frustración y amor. Delante de la catedral me dijo que ésta es como una montaña persecutoria: vayas donde vayas en Santiago, te sigue, te señala, te domina. “Una noche, mi marido me dijo: ‘¡Sácame de aquí!’, y yo me di cuenta de que ésa era la frase de nuestro amor. Sácame de aquí, llévame al mundo, déjame crecer”, le digo entre lágrimas, sacudido por el camino recorrido. Y Millás me toma por los hombros, conmovido ante mi desequilibrio. De nuevo su colonia recorre el silencio.

Mis amigos, que son sus lectores, me acribillan a preguntas. ¿Cómo es? ¿Serio? ¿Honoris causa? ¿Aburrido? Mi obsesión es que terminaré la gira sin descifrarlo.

En una de las ruedas de prensa, Millás me dice al oído: “Es curioso cómo los periodistas de cultura jamás se emocionan. Vas a una rueda de prensa después de un partido de fútbol y todo son gritos, imprecaciones, movimiento. Llegas aquí y están todos en silencio como si estuvieran en una clase de anatomía. Sólo hablas tú, y vas pensando que ellos en realidad desean estar en tu sitio, ser ellos los merecedores del premio”. Al cabo de media hora, lo que ha sido un secreto se verbaliza en su voz, y los periodistas se quedan atónitos. El más valiente se excusa diciendo que la convocatoria es muy tempranera, pero Millás, el caballero metódico, el padre bien abrigado y de hablar reposado, ha dejado claro su punto de vista.

Unos días antes, en un estudio de Telemadrid, la presentadora nos preguntó qué nos parecía estar allí, y Millás soltó: “A la entrada he visto una pancarta que pone ‘aquí se manipula la información’. ¿Es verdad?”. Lo pregunta sin perder su adorable frenillo y de nuevo me admiro de ir a su lado. El espeso silencio se cierne, su pregunta no es tal. Es una declaración de principios.

En Barcelona, en una escala de la gira, cenamos con Gemma Nierga y su esposo, Antonio. Los Planeta también conyugados. Lo llamamos “la cena de los esposos”. Millás está divertido: “Desde que voy con Boris, no dejo de ver gays en todas partes. Ayer mismo, en un estudio de cocinas, el chico que las mostraba iba vestido con unos pantalones bajos, un flequillo tapándole media cara, siempre sonriente, y yo me dije: ‘Vaya, qué gay tan moderno’. Al cabo de un rato empezó a hablarme de su novia”. Todo el mundo ríe, y él también. “Es que, de verdad”, agrega, “el cambio de este país es asombroso”.

Mientras Millás decide el vino –un proceso metódico, estudiado y certero–, Gemma me cuenta cómo su hijo Pau, de dos años, ha reconocido a Millás de inmediato porque hace un año el escritor le regaló un zoológico de madera. “Cada animal venía envuelto en un papel diferente”, cuenta Gemma. Imagino a Millás envolviendo las cebras y los leones, y me doy cuenta de que de niño nunca recibió un presente tan esmerado.

Isabel, la esposa de Millás, es una mujer tan inquietante como él, un ojo que no cesa de analizar. En la cena hablamos de nuestro tema favorito, los medios de comunicación. “Que una novela te ofrezca escapismo”, expone Isabel, “es lo correcto. Imaginas mundos, te solazas en ellos, pero sabes que están encerrados entre tú y las páginas. Cuando la televisión empieza a jugar con la realidad, como sucede en los realities, la manipulación, la tergiversación puede acarrear serios problemas de identidad al espectador. Y a los que fabrican ese tipo de programas”. En uno de esos programas, Svetlana, una chica rusa, iba a protagonizar una reconciliación con su novio español que terminó en su asesinato en la trágica intimidad de su hogar. Lejos de ser retirado de la programación, el espacio vio su audiencia incrementarse en los días posteriores a la noticia. Millás se enciende contra la televisión. “Es intolerable porque ha creado un mundo intolerante, castigador, señalando permanentemente lo que califica de malo, oprobioso, o que no puede ser aceptado de ninguna manera, cuando al mostrarlo lo está convirtiendo en fuente de alimentación. Hipócrita, despiadada. La televisión no puede continuar volviendo freaks a todo lo que le da la gana. No somos normales, pero tampoco monstruos. Somos, escogemos. La televisión cada vez más nos impide escoger”. Millás me mira, su plato limpio, las manos sobre la mesa, su pulcritud es como la de un obispo o la de un estadista comprometido. “Con el premio has dicho que pasas a ser el escritor y no el hombre mediático. Aprovéchalo. Tú mismo lo dices, la televisión te escoge a ti, nunca al revés. Aprovecha tu tique de salida”.

La gira se nos ha convertido en un viaje iniciático hacia nosotros mismos. Cosas mías se instalan en el discurso de Millás y anhelo incorporar la meticulosidad, ese bisturí preciso, en mi vida. En Valencia recorremos la ciudad hasta dar con la plaza Redonda. “En uno de mis viajes me perdí y aparecí aquí. Con sus tiendas de hilos, mantequerías, esta forma redonda, un solaz curioso, inquieto, ruidoso en medio de la ciudad”. En efecto, es un sitio propio de la imaginación de un escritor. Y la constatación de esas dos Españas, la triste y pobre de su infancia y la nueva rica y poderosa de la actualidad. Entre nosotros se ha creado un mundo extraño, cosas en común, separadas por océanos y edades. Acudimos juntos a ver Blade Runner, en mi opinión la película que mejor puede unirnos. “Porque es realmente una película moderna, invencible al tiempo”, concluye Millás. Siempre cariñoso, solos en la sala de cine, Millás lo agradece: “Es el mejor regalo de Navidad”. En varias ocasiones Millás nos ha definido como “felipista, yo, y Boris, más bien de la generación de Zapatero. Hemos sido muy despreciativos hacia la de Boris y Zapatero. Los vemos como niñatos que nunca han luchado por nada, lo han tenido todo menos discurso. Cuando en realidad, en silencio, poco a poco, han ido construyendo ese discurso…”. Millás no termina la frase, no sabemos si lo hemos hecho con acierto.

Hacemos una firma juntos en Madrid. En la de Vigo nos recibieron como si fuéramos estrellas de rock. Amigos maliciosos se jactan de que para Millás todos estos recibimientos serán cosa nueva, pero su comportamiento es de nuevo encantador. Comentamos cosas entre nosotros, conversamos con nuestros lectores. Millás me mira siempre como si yo fuera el experto mundano, y él, un caballero encantado de aprender. La historia de Pigmalión al revés. “Con Boris he aprendido a quitarme prejuicios”. ¿Y cuáles eran? “Me asombra cómo gestionas tu éxito y tu relación con la fama”, informa.

Millás disfruta de la buena mesa. Se aproxima a Alba, Lola o Laura, las maravillosas chicas Planeta en cualquiera de las ciudades de la gira, y dice: “Hoy vamos a cenar muy bien”. Y ordena. En Santiago organiza un festín que incluye nécoras, percebes, almejas, pulpo y un primero de pescado para todos. Y, como siempre, su selección del vino, albariño, es inmejorable. También recuerda incidentes de su larga carrera como escritor. “Cuando empecé a publicar, era imposible que una novela lineal fuera considerada digna. Todo era experimentación. Y a veces la experimentación jugaba malas pasadas a sus autores. Uno de ellos ganó un prestigioso premio con una novela que era toda sin puntos ni comas. Enviaron un avance de la misma para publicarlo en El País Semanal, y el corrector de EL PAÍS, ante aquel texto sin puntos ni comas… los colocó. Una vez impresa la revista, alguien se dio cuenta de que la razón de ser de ese texto era la ausencia de puntos y comas. Demasiado tarde, no podían corregir la corrección. Lo bueno de todo esto es que el texto, claro, había quedado infinitamente mejor”. Tras las risas, intuyo el mensaje de Millás: un escritor es un ser libre, que debe atravesar distintos infiernos y premios, para volver siempre a la novela lineal.

La última ciudad es Zaragoza. Antes de separarnos tengo ganas de decirle que su libro me ha obligado a enfrentarme con una parcela de mi vida que descubro totalmente abandonada en el fondo de un lejano, oscuro armario. Mi propia infancia. Y que la revelación me ha conmovido, sacudido, destrozado. “La columna vertebral de toda existencia es la infancia”, dice. “Allí se gestan todos los elementos del resto de tu vida. Es aterrador revisarla, o aceptar que ella vuelva a ti el día más inesperado. Lo hace, tenlo por seguro, vuelve, te enfrenta, te machaca. Y se va para volver otra vez”.

En Zaragoza se hacen las fotos de este reportaje. Salimos en medio de un viento inclemente a una gasolinera cercana. Volvemos de regreso al Planeta de los Simios. Todas las parejas terminan, la nuestra no iba a ser distinta. El fotógrafo se fija en mis zapatos rojos y pide que los coloque más en primer plano. “Y aquí es cuando todo esto se convierte en un reportaje de moda”, exclama Millás. Entonces hago la pregunta final: ¿un escritor debe crearse una vida para contarla luego, o simplemente escribir? Millás reposa sus ojos abrumados por el sol. “Se puede empezar así, viviendo algo que luego pueda darte una buena novela. Pero a partir de ahí, escribir es lo único que tienes”.

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Cervantes, perdido en el convento

Las Trinarias alberga los restos del escritor, pero no se sabe dónde

RAFAEL FRAGUAS - Madrid - 12/05/2008

Miguel de Cervantes acaba de cumplir 392 años y medio. Muy pocos han logrado pervivir tanto en la memoria de sus nacionales y extramuros del país que les viera nacer como su personaje manchego, Don Quijote, quien parece haberle eclipsado como hombre de carne y hueso. En Madrid gozó Cervantes algunos de los momentos más brillantes de su dura, a veces ingrata, vida.

Consta que en Madrid, muy cerca del viaducto y bajo el palacio del duque de Uceda, estudió Cervantes con el maestro Juan López de Hoyos, vinculado al también cercano Colegio Imperial de los jesuitas, en el hoy instituto de San Isidro, pared con pared con la antigua catedral de la calle de Toledo. Unos versos suyos a la muerte de la tercera esposa de Felipe II le granjearon cierta nombradía.

Fue madrileña la publicación en 1605 de su Ingenioso hidalgo, y por calles, plazas y paseos por las que todavía hoy se pasea, él también caminó: el barrio de Las Letras, las calles de Huertas, León, el Prado -al que dedicó uno de sus más conocidos versos- o la calle de Atocha y su real basílica, donde asistió en 1566, con unción, a la muerte de fray Bartolomé de las Casas, el clérigo que pugnó por impedir la esclavitud de los indios de América.

Aquella muerte conmovió tanto al escritor alcalaíno que, como afirman algunos estudiosos dominicos de la obra del fraile andaluz, influyó de manera determinante en la construcción del personaje de Don Quijote, hermanado con Las Casas en el combate contra gigantes poderosos y desalmados malandrines.

En la calle de Francos de Madrid -hoy de Lope de Vega- murió un 23 de abril de 1616 Miguel de Cervantes, bautizado en la iglesia complutense de Santa María en octubre de 1547; mas, aunque se sabe dónde dio su último suspiro y dónde fueron llevados sus despojos -al convento de las Trinitarias Descalzas, hoy de clausura, en la calle de su nombre-, sus restos se perdieron intramuros del cenobio, donde moran 21 monjas, 13 españolas, siete iberoamericanas y dos de Madagascar.

"Sabemos que está aquí, pero desconocemos dónde exactamente", dice desde detrás del torno la hermana portera. En las últimas décadas -"tras un intento realizado por el académico Joaquín de Entrambasaguas en los años cuarenta del siglo XX", según el historiador José Montero Padilla- no ha habido investigación que acometa la tarea de hallar sus restos, sepultados en un espacio pequeño como el del templo conventual. "Posiblemente, los despojos de Cervantes se extraviaron cuando se cambió el testero de la iglesia y quedó situado al norte, pues antes se hallaba al sur", dice una vecina del cenobio. Las monjas trinitarias son sepultadas en una cripta propia, donde podría hallarse el cuerpo del escritor.

No ha de ser tarea difícil encontrarlo -el ámbito de búsqueda es el de una manzana, la 230 de la vista de 1774-, pero falta voluntad para hacerlo. Madrid suele ser ingrato con sus hijos más preclaros: también se han perdido los restos de Lope de Vega, entre muchos otros.

Muy cerca del convento, en la calle de Atocha, una lápida mural recuerda que en ese lugar tuvo su imprenta Juan de la Cuesta, el impresor que inmortalizara la obra cumbre de Cervantes Saavedra. Otro enigma más envuelve este segundo apellido, que no era el de su madre, hidalga, Leonor de Cortinas. Se cree que la familia paterna del escritor procedía de Galicia y era de origen noble: los Saavedra -"río de piedra", que sugiere la calzada romana- tienen un panteón en la catedral de Lugo. Sin embargo, el carácter levantisco de la nobleza gallega granjeó a ésta la enemistad de los Reyes Católicos, que demolieron muchos de sus castillos y forzaron a sus vástagos a emigrar. Cervantes sería el nuevo apellido adoptado por su familia paterna, que desde Galicia emigró a Córdoba, Sevilla y Castilla, más precisamente en la madrileña Alcalá, donde su padre recaló.

Los avatares de su vida aventurera, su exilio forzado en Argel por su apresamiento a bordo de un navío en aguas de Cadaqués, a manos de piratas, y los sinsabores de una gobernanza que pronto olvidó su valentía en Lepanto, donde perdió su mano izquierda y recibió dos pelotas de arcabuces turcos sobre su pecho, le distanciaron de la capital imperial.

Un siglo después de morir, Cervantes fue evocado en la educación infantil de Felipe V de Borbón, quien llegó a escribir un Don Quijote a quien en su ficción envió hasta África. Suntuosos tapices con motivos quijotescos fueron encargados por el rey a célebres tejedores y hoy se lucen en reales sitios. Los vestigios cervantinos más visibles hoy son una escultura en la plaza de las Cortes; otra, sedente, en la avenida de Arcentales y un monumental grupo escultórico en la plaza de España. Pero su legado, el cristalino verbo, vive aún entre nosotros.

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El fotógrafo que desnuda a los escritores

Daniel Mordzinski expone 180 retratos de autores iberoamericanos

El escritor español Jorge Semprún

El escritor español Jorge Semprún por DANIEL MORDZINSKI

WINSTON MANRIQUE SABOGAL
- Madrid - 19/07/2008

Click... click... y cuando Javier Cercas se da cuenta está en mitad de su piscina portátil en Gerona, con el agua a las rodillas y leyendo un Hamlet. Fue lo único que puso de su parte para la foto en que lo inmortalizó Daniel Mordzinski. El autor de Soldados de Salamina no supo en qué momento el fotógrafo argentino lo embaucó e hizo que él solito se metiera en la piscina entre risas y bromas. "Mordzinski tiene la ventaja de ser muy cordial", cuenta Cercas, "su conversación fluye de manera natural sobre literatura y otras cosas. No te fuerza a nada y cuando te das cuenta te estás prestando a fotos impensables".

A fotos literarias. A retratos que complementan la vida del escritor y su obra. A imágenes que son punto de partida o final de una historia por contar donde el escritor es el protagonista. Como se aprecia en la exposición de la Casa de América de Madrid: Daniel Mordzinski. Fotógrafo entre escritores, una antología de 30 años de trabajo y 180 retratos expuesta hasta el 7 de septiembre.


Poetas, narradores y ensayistas españoles, portugueses y latinoamericanos que han construido parte de la historia de la literatura de las últimas tres décadas están allí, en su casa o en la calle, vestidos o desnudos, pero siempre descubriéndose a sí mismos.

Aunque Mordzinski (nacido en 1960) no recuerda el momento exacto en que empezó este proyecto fotoliterario, sabe que fue hace 30 años, en Buenos Aires, la ciudad donde nació y se formó literaria y sentimentalmente: "Daba mis primeros pasos en el cine y asistí al rodaje que iba a hacer el mismísimo Borges en San Telmo; hice una serie de fotos que durante algún tiempo no supe interpretar. Un día releí mi trabajo y descubrí que tenía una pista para andar ese camino de cómplice de la literatura. Eran tres pasiones que luchaban por mi corazón: la fotografía, el cine y la literatura. Pero lo que sí me hubiera gustado hacer es cine. Convengamos entonces que la fotografía fue el fruto de una noche de amor entre el azar y la necesidad".

Un arreglo con el destino para crear un pasadizo al universo de los escritores y la literatura con fotografías narrativas.

Jorge Amado, sentado y despojado sus pies de sus chanclas de verano, o Álvaro Mutis, acostado en una playa a la sombra de una roca, o Roberto Bolaño, casi mimetizado entre la vegetación. Imágenes de escritores que "son en verdad una interpretación profunda y respetuosa de su personalidad tal como aparece reflejada en sus rasgos, semblante y expresiones", escribe Mario Vargas Llosa en el catálogo donde él aparece con las manos juntas sobre su cara (¿orando?).

Gabriel García Márquez, de pie sobre unas rocas y visto desde abajo, con un faro que asoma al fondo, o Ana María Matute, sentada en un salón iluminado por la luz que se filtra por los huequecillos de la persiana.

La complicidad que establece con los autores se debe, en parte, según Luis Sepúlveda, a que él lee las obras de sus fotografiados. El autor de Un viejo que leía novelas de amor cree que ahí está parte del poder de seducción del artista argentino, capaz de convencer a alguien como él de ponerse en medio de un gran rebaño de ovejas asomando sólo su cabeza. "Recupera la lúdica del trabajo y la existencia. Sabe que tu imagen va a hablar mucho de ti".

Para Daniel Mordzinski "se trata de alcanzar la zona franca, el estado de gracia en que puedes hacer una buena foto y no el clásico retrato de compromiso. Si en mi trabajo hay una compensación es que las fotos tienen una dimensión personal. Propongo una aventura divertida, rápida, respetuosa, digna y segura".

¿Y cómo sería un autorretrato mordzinskiano? "Sin cámara, sentado en un café, vestido de blanco, viendo la gente pasar, con toda la calma del mundo, conjuradas las prisas y las preocupaciones... ¡Como en un negativo fotográfico!".
  
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